MOTIVACIÓN
PARA REALIZAR LOS CURSOS


Cuando unos padres de familia encomiendan a un colegio la educación de un hijo, ¿qué es lo que entienden con la palabra “educación”? Sin duda, para ellos equivale a que se prepare para la vida, es decir: 1) que obtenga un título, a fin de ejercer una profesión y valerse por sí mismo, 2) que logre una madurez personal suficiente para tomar las riendas de su vida y orientar su conducta de forma adecuada.

Tener madurez un joven significa que, ante la avalancha de influencias –positivas y negativas- que recibe a diario,

• sepa distinguir con precisión lo que construye la personalidad humana y lo que la destruye, de modo que pueda guiarse a sí mismo en la vida y guiar a otros;
• no confunda el goce y el gozo, y se libere de la fascinación* de las adicciones patológicas;
• sepa ver cine y televisión y leer obras literarias con espíritu crítico y visión penetrante, que le permitan extraer lecciones positivas para su vida incluso de obras que no parecen, a primera vista, constructivas.
• acierte a ver por su cuenta cómo, al actuar de forma creativa, la libertad* y las normas no se oponen, antes se complementan; la independencia se coordina con la solidaridad, y la autonomía con la colaboración;
• no se deje manipular y sea libre interiormente ante cualquier intento de manejo por parte de quienes desean convertirlo en mero cliente;
• desarrolle su personalidad al máximo y sea verdaderamente feliz.

Con mayor o menor brillantez, la titulación la consiguen numerosos jóvenes. La madurez –en el sentido antedicho- tienen, al parecer, más dificultad en adquirirla.

• Si preguntamos a jóvenes que han cursado estudios de ética* en la enseñanza secundaria y universitaria qué función ejerce, por ejemplo, la mentira en el proceso de desarrollo humano, a menudo se quedan perplejos. Manifiestan con ello que no saben cómo nos desarrollamos los seres humanos, cuáles son las exigencias de tal desarrollo, qué hemos de evitar para no destruirnos. No están preparados para orientar su vida con precisión y eficacia.

El agudo pensador Miguel de Unamuno confiesa en su Diario íntimo que es un enfermo de egoísmo*, y añade: "Ya no volveré a gozar de alegría, lo preveo. Me queda la tristeza por lote mientras viva" (O. cit., Alianza Editorial, Madrid 1970, p. 123). ¿Cómo se explica que buscar el propio provecho de forma egoísta acabe dañándonos a nosotros mismos? ¿Nos sume el egoísmo en la tristeza por una especie de ley natural? Si un joven contesta con precisión a estas preguntas, demuestra saber qué actitudes nos ayudan a crecer como personas y qué otras bloquean nuestro crecimiento. Ese joven está básicamente formado; sabe cómo orientar su vida para llegar a plenitud. Lo ignora, en cambio, el que desconoce la relación que existe entre nuestras actitudes y nuestros sentimientos: por ejemplo, entre el egoísmo y la tristeza, la generosidad y la alegría... Esta laguna le impedirá prever qué va a ser de él cuando se comporte de tal o cual manera. No le será fácil orientarse debidamente en la vida y orientar a otros.

• A menudo, observamos que conocidos periodistas se manifiestan contra la droga y organizan espectáculos para apoyar económicamente la reinserción de los drogadictos. Esta excelente labor la destruyen ellos mismos de raíz si, a través de sus medios de comunicación, difunden una mentalidad hedonista, que inspira la tendencia a las diferentes adicciones patológicas, que son formas de fascinación* o vértigo*. Estos profesionales de la comunicación tienen sin duda buena voluntad pero no contribuyen a formar una opinión pública lúcida.

• En la misma línea de desconcierto, hay quienes delatan el incremento actual de la violencia, pero practican el reduccionismo*: reducen el amor personal* a mera pasión, el deporte a pura competición, la libertad creativa a libertad de maniobra, libertad desgajada de los grandes valores, expresados a través de ciertas normas morales. Hoy sabemos por la investigación ética que tal forma de reduccionismo es la fuente de las distintas formas de violencia. Quienes lo ignoren no pueden ejercer la función de guías de sí mismos y de otras personas.

En los últimos tiempos, diversos gobiernos nacionales parecen haberse percatado de que estamos asomándonos a una peligrosa sima e intentan poner límite al proceso actual de deterioro en las costumbres. Como toda corrupción en el ser humano empieza por la corrupción de la mente -tergiversación de conceptos, manipulación* de planteamientos, falsificación del lenguaje...-, tales dirigentes han promulgado leyes de educación encaminadas a conseguir que los niños y jóvenes aprendan a pensar bien, razonar con rigor, decidir con acierto, vivir de forma virtuosa. Podríamos pensar que nos hallamos en el recto camino hacia una renovación fecunda. Lamentablemente no es así, pues, a la hora de precisar la forma concreta de lograr tan loable propósito, exigen que los profesores se conviertan en "tutores" o "educadores" y "enseñen a los cursillistas valores y creatividad". Esta medida no ha tenido la eficacia debida porque –entre otras razones- si ahondamos en la vida humana, advertimos que ni los valores ni la creatividad son susceptibles de ser "enseñados"; debe "descubrirlos" cada uno por sí mismo. La tarea del educador consiste en acercar a los cursillistas al área de irradiación de los valores, para que se dejen atraer por ellos y los asuman activamente en su vida. Se trata de una enseñanza socrática, consistente en “descubrir” las distintas fases del proceso humano de desarrollo. La fase decisiva se centra en torno a la experiencia básica del encuentro*.

La pedagogía* de la admiración

El descubrimiento de la riqueza de las diversas formas de encuentro produce en nosotros una honda admiración, ese sentimiento que –según el gran Aristóteles- constituye el principio de la filosofía, es decir, del conocimiento profundo de la vida. No debemos, pues, en estos cursos, apresurarnos a facilitar datos, por el afán de dotar rápidamente a los cursillistas de información, identificada a veces precipitadamente con la cultura* y la formación*. Tanto en el Curso primero –el básico- como en los cursos posteriores sobre ética*, literatura, cine, arte, manipulación* del hombre a través del lenguaje, hemos de cultivar, sobre todo, la admiración de los cursillistas ante lo grande, lo valioso, lo que eleva al hombre a lo mejor de sí mismo. Esto lo haremos ayudándoles a acercarse al área de irradiación de los valores. Los valores no sólo existen, se hacen valer, muestran su interna fecundidad y piden ser asumidos y realizados. Aparecen, por ello, rodeados de un halo de prestigio. Sumergirse, con actitud de asombro, en su radio de acción es iniciar un proceso de enriquecimiento personal ilimitado.

Con frecuencia, sólo ponemos en juego un tanto por ciento muy exiguo de nuestras posibilidades creativas, con lo cual nuestros espacios interiores se achican, nuestros horizontes vitales se acortan, nuestra capacidad de verdadero liderazgo se extingue. De esta forma, nuestra vida personal se empobrece peligrosamente.

En estos cursos queremos abrirnos de par en par a todo lo admirable y dar a nuestra vida su plena capacidad de ensanchamiento y despliegue. Será una aventura entusiasmante en el aspecto intelectual, el afectivo y el creativo.


El tipo de formación que deseamos lograr

En un memorable debate televisivo, un grupo de jóvenes defendió el llamado “amor libre”, es decir, el ejercicio arbitrario de la sexualidad, sin más canon de conducta que la apetencia. Otro grupo se mostró partidario de considerar el ejercicio de la sexualidad como el primero de los cuatro elementos que integran el conjunto del amor conyugal. Los otros tres elementos son: la amistad, la proyección comunitaria del amor –la fundación de un hogar-, la fecundidad del amor en dos aspectos complementarios: el incremento de la unidad entre los esposos y la creación de nuevas vidas humanas. Los telespectadores se quedaron asombrados al ver que los integrantes del segundo grupo explicaban su posición de manera clara, bien articulada y profunda; sabían distinguir en qué nivel de realidad se da la pasión y en cuál se mueve el amor personal, comprometido y creador; no confundían el significado que puede tener una acción –por ejemplo, una aventura amorosa- y el sentido de la misma. Puede una acción significar mucho para nosotros, por ser muy impactante en el aspecto psicológico, y tener un sentido muy negativo en nuestra vida, vista con la debida amplitud y hondura. Muchos televidentes se preguntaban al día siguiente de dónde procedían unos jóvenes que mostraban un grado tan sorprendente de madurez. La explicación era bien sencilla: habían realizado un curso sobre el desarrollo del ser humano, y en él hicieron doce descubrimientos, de los cuales el duodécimo es la función de la afectividad en la vida humana. Justamente, ese curso es el primero de los que ahora presentamos.

Ningún niño y ningún joven debieran salir de las aulas sin la preparación que nos facilita este curso –y los dos que le seguirán a su debido tiempo-. La doctrina y el método del mismo proceden de la Escuela de Pensamiento y Creatividad, proyecto formativo creado y promovido desde 1987 en España e Iberoamérica por el Dr. D. Alfonso López Quintás, catedrático emérito de Filosofía de la Universidad Complutense (Madrid), miembro de la Real Academia Española de Ciencias Morales y Políticas (Madrid) y de L´Académie Internationale de l´Art (Suiza), Life Fellow de la International Society for Philosophy, y autor de más de 40 obras filosóficas y pedagógicas.